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De Fracasos y Buenas intenciones. El DAT, El MiniDisc y el Video Beta

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Viajamos al pasado al objeto de entender mejor de dónde venimos y hacia adonde vamos. En este artículo nos ponemos didácticos para descubriros, sobre todo a los más jóvenes, aquella época en que la música digital se distribuía o grababa en soportes. Un viaje hacia los estertores de los formatos pero también hacia sonados fracasos.

Lo hemos dicho por activa y por pasiva en esta sección: el soporte actual es el no soporte. Nos explicamos porque no queremos quedar excesivamente filosóficos. Hubo un tiempo en el que para disfrutar de nuestra música teníamos que grabarla o comprarla en un formato físico y reproducirla en un dispositivo ad hoc. Ya fuera en vinilo, CD o cassette, necesitábamos acudir a una tienda física frente al presente, momento en el que gracias a internet y al streaming la música nos acompaña allí donde vayamos.

Historia de un fracaso

Al igual que le ocurrió a la alianza entre Nokia y Microsoft que obtuvo un sonoro fracaso con su apuesta por el sistema operativo móvil Windows Phone, la historia que os vamos a contar atesora los mismos mimbres: una o varias compañías de renombre remando a favor de su nuevo formato, especificaciones técnicas de calidad y versátiles y una sensación de incomprensión por parte del gran público.

Es imposible no acordarse del sistema de video abanderado por Sony, el Betamax, que claudicó ante el VHS de JVC a pesar de que su calidad era superior. En la historia de estos perdedores siempre sobrevuela la pregunta: ¿qué es lo que ha podido salir mal?, el marketing, la promoción, la publicidad, el precio…

Los formatos que traemos hoy a colación tuvieron un público mucho más reducido que el que sus creadores imaginaron en un principio en sus despachos. Sus ventas fueron testimoniales, quedaron reducidos al mercado japonés casi en exclusiva o al mundillo de los profesionales de la radio, a pesar de que por su versatilidad y calidad deberían haber penetrado en los mercados generalistas de todo el mundo. Comenzamos el repaso.

DAT (Digital Audio Tape)

De un tamaño la mitad que una cinta clásica de cassette, este formato era un campeón en especificaciones. A pesar de que su intención era servir de “master” a las grabaciones de los grupos musicales para su posterior traspaso a formatos de distribución populares, su creador, Sony, puso toda la carne en el asador y no se cortó a la hora de ofrecer pletinas domésticas que por aquel entonces (nació en 1987) y al igual que sus hermanas profesionales de estudio, ofrecían especificaciones sonoras que quitaban el hipo con frecuencias de muestreo de 96 Khz y cuantificación a 20 bit. Todo un sueño noventero que aun hoy en día haría las delicias de los audiófilos.

¿Dónde estaba el problema? El primer lugar en el precio. Y en esta ocasión lo digo por experiencia porque a pesar de ser uno de los dispositivos que más ansiaba, como adolescente que era, nunca hubiera podido aflojar las 200.000 pesetas (1.200 euros) que pedía Sony por una pletina de su prestigiosa serie ES. El mismo pecado cometían los soportes de grabación, con unos precios muy poco competitivos, que dejaron al formato a la suerte de los más pudientes, las radios y los estudios de grabación.

Una pena que Sony no hiciera mayor hincapié en las bondades del sistema porque sus cualidades y sonido eran espectaculares.

DCC (Digital Compact Cassette)

La por aquel entonces holandesa Philips desarrolló en los años 60 un sistema que se comió el mercado. Una cinta magnética que en su madurez alcanzó hasta los 120 minutos de grabación, adoptada sin concesión por todas las marcas de fabricantes de módulos y soportes así como las discográficas. El cassette hizo más amenos los viajes porque también se coló en los autorradios, por no hablar de uno de los “cacharros” más míticos, el walkman.

Su sucesor natural, también desarrollado por Philips junto con Panasonic, fue el DCC. Este formato inscribía de lleno a la cassette en el entorno digital con frecuencias de muestreo hasta los 48 Khz y cuantificación de 16 bit pero que arrastraba una rémora difícil de entender y cuyo peaje ya nadie estaba dispuesto a pagar a finales del siglo XX: el rebobinado.

Contagiado por el éxito del abuelo cassette, las dos marcas se embarcaron en la aventura DCC con el error estratégico arriba mencionado y con los discos ópticos, léase CD o Minidisc, llamando muy fuerte a las puertas del mercado de la reproducción sonora y luciendo una ventaja innata como es el acceso aleatorio a las pistas grabadas, lo que debaja el DCC a los pies de los caballos, por mucho que se esforzaran sus valedores en dotar a las pletinas de alta velocidad.

Duró solo 5 años, de 1991 a 1996, momento en el que los fabricantes anunciaron su cese en la comercialización a la vez que mantenían el soporte técnico y los consumibles 10 años más. Prueba de que se puede también ser elegante en la derrota.

Los dispositivos costaban el equivalente en la época a 600 euros en 1992 y los soportes, unos 15, cosa que tampoco ayudó a evitar el desastre.

El DCC sonaba algo peor que el CD pero mejor que el Minidisc, al utilizar un formato de compresión con pérdidas que este último. Aún así tuvo que entonar, como hemos visto, el canto del cisne, y dejar la historia del cassette en vía muerta.

Minidisc

Nacido en 1992, tiene la mitad de diámetro de un CD. No se raya porque va encapsulado en un cartucho con una pestaña que solo se abre en el interior de la pletina para la lectura de las pistas, su capacidad de grabación era la misma que la del CD, 80 minutos en la máxima calidad, aunque Sony lanzó pletinas capaces de cuatriplicar esta duración eso sí, a costa, de perder calidad de sonido. Era regrabable y según la japonesa Sony, solo perdía calidad tras un millón de grabaciones. Tuvo un hermano informático, el MD-Data, y sus fabricantes, mayormente japoneses, lo adoptaron sin ambages.

Además, y a diferencia de sus rivales, DAT y DCC, el Minidisc supo ponerse al día y sus últimas generaciones permitieron transferir archivos de sonido desde el ordenador hasta la pletina o el dispositivo portátil, una ventaja competitiva que tampoco fue de insuflarle vida en los albores de la música en el ordenador con las primeras tiendas de descargas o alternativas más controvertidas para la industria de la música como Kazaa, Napster y compañía.

Con Sony a la cabeza, decenas de marcas inundaron el mercado con productos de todo tipo y de todos los precios. Podías conseguir una pletina por unas 40.000 pesetas y los soportes por muy pocos cientos de ellas. Había módulos estándar de 43 centímetros de mucha calidad, diminutos reproductores de bolsillo capaces de reproducir, grabar en digital e incluso acoplando un micrófono, registrar voz o sonido ambiente… Por otro lado, los reproductores portátiles contaban con un sistema que almacenaba unos segundos de audio para que si la lente lectora se perdía debido a un brusco movimiento, nunca se interrumpiese el sonido (esta técnica se llama buffering.¿Y aún así estamos diciendo que fue un fracaso? Pues sí y no, o si lo preferís, sí pero no de una forma rotunda.

Por aquellos vericuetos de la mercadotecnia que solo se podrían explicar en las facultades de Económicas, el Minidisc no fue aceptado en Europa. Su mercado fue Japón y la radio, donde sus exhaustivas capacidades de edición fueron maná para los técnicos de sonido. Podías separar, fundir, unir, borrar. Era pura versatilidad en este sentido.

Desde una perspectiva audiófila fue un formato muy discutido. Lógicamente para meter 80 minutos de audio en un disco tan pequeño era necesario un formato de compresión que Sony llamó ATRAC y que alcanzaba la misma resolución del CD, 16 bit y 44,1 Khz. Esta compresión nunca se ganó el favor de los más esotéricos pero desde una perspectiva pragmática, el sonido era más que bueno (os lo dice uno que ha tenido cuatro dispositivos, dos de sobremesa y dos portátiles), para equipos de gama media y básica.

Sumemos a todo ello, el guiño al formato por parte de las discográficas, que lanzaron discos en este formato hasta el año 2001. Aun así no fue suficiente para remontar el vuelo.

Un mercado vertiginoso

Errores de estrategia, falta de publicitación, una tecnología obsoleta a corto plazo o la irrupción de una tecnología nueva que lo cambia todo. Fueron varios los motivos por los que los formatos de grabación de finales de los 90 se fueron al traste. El MP3, el surgimiento del ordenador como gestor de nuestra música y las descargas P2P, se llevaron por delante a estos válidos formatos. Incluso al versátil y camaleónico Minidisc, que supo adaptarse a este nuevo mundo pero que fracasó como sus compañeros de fatigas.

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